Navidad en español Cuentos de Navidad

El regalo de los Reyes Magos

Una pareja joven intercambia regalos en Nochebuena: una cadena de reloj y unas peinetas

O. Henry (William Sydney Porter) · traducción de Siempre Navidad

14 minutos de lectura A partir de 12 años

Un dólar con ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y sesenta centavos de esa cantidad eran monedas de un centavo. Monedas ahorradas de una en una y de dos en dos a fuerza de acosar al tendero, al verdulero y al carnicero, hasta que a una le ardían las mejillas por la muda acusación de tacañería que suponía regatear tanto. Della lo contó tres veces. Un dólar con ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Estaba claro que no quedaba más remedio que dejarse caer en el pequeño sofá raído y echarse a llorar a gritos. Y eso hizo Della. Lo cual da pie a la reflexión moral de que la vida está hecha de sollozos, gimoteos y sonrisas, con predominio de los gimoteos.

Mientras la señora de la casa pasa poco a poco de la primera fase a la segunda, echen un vistazo a la casa. Un apartamento amueblado de 8 dólares a la semana. No es que fuera indescriptible de puro mísero, pero la palabra «mendigo» rondaba cerca, atenta por si pasaba la brigada contra la mendicidad.

Abajo, en el vestíbulo, había un buzón por el que no entraba carta alguna y un timbre eléctrico al que ningún dedo mortal lograba arrancarle un sonido. Y, como complemento de todo ello, una tarjeta con el nombre «Sr. James Dillingham Young».

El «Dillingham» se había desplegado al viento durante una época anterior de prosperidad, cuando a su dueño le pagaban 30 dólares a la semana. Ahora, con los ingresos reducidos a 20, las letras de «Dillingham» se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en encogerse hasta quedar en una D modesta y sin pretensiones. Pero cada vez que el señor James Dillingham Young llegaba a casa y subía a su apartamento, lo llamaban «Jim» y la señora de James Dillingham Young, a quien ya les he presentado como Della, lo abrazaba con fuerza. Lo cual está muy bien.

Della terminó de llorar y se arregló las mejillas con el paño de los polvos. Se quedó junto a la ventana, mirando sin ánimo a un gato gris que caminaba por una tapia gris en un patio trasero gris. Mañana sería el día de Navidad, y solo tenía un dólar con ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Llevaba meses ahorrando cada centavo que podía, y este era el resultado. Veinte dólares a la semana no dan para mucho. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo son. Solo un dólar con ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. A su Jim. Había pasado muchas horas felices planeando algo bonito para él. Algo fino, poco común y de ley; algo que estuviera aunque fuera un poquito cerca de ser digno del honor de pertenecer a Jim.

Entre las dos ventanas de la habitación había un espejo de pared, alto y estrecho. Quizá hayan visto alguna vez un espejo así en un apartamento de 8 dólares. Una persona muy delgada y muy ágil puede, observando su reflejo en una rápida sucesión de franjas longitudinales, hacerse una idea bastante exacta de su aspecto. Della, que era esbelta, dominaba ese arte.

De repente se apartó de la ventana con un giro y se plantó ante el espejo. Le brillaban mucho los ojos, pero en veinte segundos la cara se le había quedado sin color. Rápidamente se soltó el pelo y lo dejó caer en toda su longitud.

Ahora bien, los James Dillingham Young tenían dos posesiones de las que ambos estaban enormemente orgullosos. Una era el reloj de oro de Jim, que había sido de su padre y de su abuelo. La otra era el pelo de Della. Si la reina de Saba hubiera vivido en el apartamento del otro lado del patio interior, Della habría sacado algún día el pelo por la ventana para que se secara, solo para restar valor a las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el conserje, con todos sus tesoros amontonados en el sótano, Jim habría sacado el reloj cada vez que pasara por delante, solo para verlo tirarse de la barba de envidia.

Así que ahora el hermoso pelo de Della caía a su alrededor, ondulando y brillando como una cascada de aguas castañas. Le llegaba por debajo de la rodilla y casi le servía de vestido. Y entonces volvió a recogérselo, nerviosa y deprisa. En un momento dado vaciló un minuto y se quedó quieta mientras una o dos lágrimas salpicaban la gastada alfombra roja.

Se puso su vieja chaqueta parda; se puso su viejo sombrero pardo. Con un revuelo de faldas y todavía con aquel brillo intenso en los ojos, salió revoloteando por la puerta y bajó las escaleras hasta la calle.

Donde se detuvo, el letrero decía: «Mme. Sofronie. Artículos de cabello de todas clases». Della subió corriendo un tramo de escalera y se recompuso, jadeando. Madame, corpulenta, demasiado blanca, fría, no parecía en absoluto una «Sofronie».

—¿Me compra el pelo? —preguntó Della.

—Compro pelo —dijo Madame—. Quítese el sombrero y deje que le eche un vistazo.

La cascada castaña cayó ondulando.

—Veinte dólares —dijo Madame, levantando la melena con mano experta.

—Démelos enseguida —dijo Della.

¡Ay!, y las dos horas siguientes pasaron brincando sobre alas rosadas. Olviden la metáfora, que es un revoltijo. Della recorría las tiendas de arriba abajo buscando el regalo de Jim.

Por fin lo encontró. Sin duda lo habían hecho para Jim y para nadie más. No había otro igual en ninguna de las tiendas, y ella las había puesto todas patas arriba. Era una cadena de platino para reloj de bolsillo, de diseño sencillo y sobrio, que proclamaba su valor como es debido, solo por el material y no con adornos de relumbrón, como deberían hacer todas las cosas buenas. Era digna incluso de El Reloj. En cuanto la vio, supo que tenía que ser de Jim. Se le parecía. Discreción y valor: la descripción servía para los dos. Le cobraron veintiún dólares por ella, y volvió a toda prisa a casa con los 87 centavos. Con esa cadena en el reloj, Jim podría preocuparse por la hora como es debido delante de quien fuera. Por magnífico que fuera el reloj, a veces lo miraba a escondidas por culpa de la vieja correa de cuero que usaba en lugar de cadena.

Cuando Della llegó a casa, su embriaguez cedió un poco ante la prudencia y la razón. Sacó las tenacillas de rizar, encendió el gas y se puso a reparar los estragos que había causado la generosidad sumada al amor. Lo cual es siempre una tarea tremenda, queridos amigos: una tarea colosal.

Al cabo de cuarenta minutos tenía la cabeza cubierta de ricitos diminutos y pegados al cráneo que le daban un parecido asombroso con un colegial que se ha escapado de clase. Se miró en el espejo larga, cuidadosa y críticamente.

—Si Jim no me mata —se dijo— antes de mirarme por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero ¿qué podía hacer yo? ¡Ay!, ¿qué podía hacer con un dólar con ochenta y siete centavos?

A las siete el café estaba hecho y la sartén, en la parte de atrás del fogón, caliente y lista para freír las chuletas.

Jim nunca llegaba tarde. Della dobló la cadena en la mano y se sentó en la esquina de la mesa, cerca de la puerta por la que él entraba siempre. Entonces oyó sus pasos en la escalera, allá abajo, en el primer tramo, y por un momento se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas oraciones en silencio por las cosas más sencillas de cada día, y entonces susurró:

—Dios mío, por favor, haz que piense que todavía soy bonita.

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y muy serio. ¡Pobre muchacho, solo tenía veintidós años, y ya con una familia a cuestas! Le hacía falta un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim se detuvo nada más cruzar la puerta, tan inmóvil como un perro de caza que ha olfateado codornices. Tenía los ojos clavados en Della, y había en ellos una expresión que ella no sabía descifrar y que la aterraba. No era enfado, ni sorpresa, ni desaprobación, ni horror, ni ninguno de los sentimientos para los que ella se había preparado. Simplemente la miraba fijamente con aquella expresión tan extraña en la cara.

Della se escurrió de la mesa y fue hacia él.

—Jim, cariño —exclamó—, no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no habría podido pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Ya volverá a crecer. No te importa, ¿verdad? No tenía más remedio. El pelo me crece rapidísimo. Dime «¡Feliz Navidad!», Jim, y seamos felices. No sabes qué regalo tan bonito, tan precioso y tan bonito te tengo.

—¿Te has cortado el pelo? —preguntó Jim, con esfuerzo, como si aún no hubiera llegado a ese hecho evidente ni siquiera tras el trabajo mental más arduo.

—Me lo corté y lo vendí —dijo Della—. ¿No te gusto igual, de todas formas? Sin el pelo sigo siendo yo, ¿no?

Jim recorrió la habitación con la mirada, con curiosidad.

—¿Dices que ya no tienes el pelo? —dijo, con un aire casi de idiotez.

—No hace falta que lo busques —dijo Della—. Te digo que lo he vendido; vendido y desaparecido. Es Nochebuena, muchacho. Sé bueno conmigo, que se fue por ti. Quizá los cabellos de mi cabeza estuvieran contados —siguió, con una dulzura repentina y seria—, pero nadie podría contar nunca lo que te quiero. ¿Pongo las chuletas, Jim?

Jim pareció despertar enseguida de su trance. Estrechó entre sus brazos a su Della. Durante diez segundos, examinemos con discreta atención algún objeto sin importancia que esté en la dirección contraria. Ocho dólares a la semana o un millón al año: ¿qué diferencia hay? Un matemático o un hombre ingenioso les darían la respuesta equivocada. Los Magos trajeron regalos valiosos, pero eso no estaba entre ellos. Esta oscura afirmación quedará iluminada más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo del abrigo y lo arrojó sobre la mesa.

—No te equivoques conmigo, Dell —dijo—. No creo que haya corte de pelo, afeitado ni lavado de cabeza que pueda hacer que quiera menos a mi chica. Pero si desenvuelves ese paquete, verás por qué al principio me tuviste un rato desconcertado.

Unos dedos blancos y ágiles rasgaron el cordel y el papel. Y luego, un grito de alegría extasiada; y luego, ¡ay!, un rápido cambio, muy femenino, a lágrimas y lamentos histéricos, que obligaron a emplear de inmediato todos los poderes de consuelo del señor del apartamento.

Porque allí estaban Las Peinetas: el juego de peinetas, para los lados y para atrás, que Della había adorado durante mucho tiempo en un escaparate de Broadway. Unas peinetas preciosas, de carey auténtico, con el borde adornado de pedrería: justo del tono para llevarlas en aquel pelo precioso que ya no existía. Eran peinetas caras, ella lo sabía, y su corazón se había limitado a anhelarlas y suspirar por ellas sin la menor esperanza de tenerlas. Y ahora eran suyas, pero la cabellera que debería haber adornado aquellos codiciados adornos ya no estaba.

Pero se las apretó contra el pecho, y al fin pudo levantar la vista con los ojos empañados y una sonrisa y decir:

—¡El pelo me crece muy deprisa, Jim!

Y entonces Della dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

—¡Ay, ay!

Jim todavía no había visto su precioso regalo. Ella se lo tendió con ansia sobre la palma abierta. El metal precioso y mate pareció destellar con el reflejo de su espíritu luminoso y ardiente.

—¿No es una preciosidad, Jim? He recorrido toda la ciudad para encontrarla. Ahora vas a tener que mirar la hora cien veces al día. Dame el reloj. Quiero ver cómo le queda.

En lugar de obedecer, Jim se dejó caer en el sofá, se puso las manos en la nuca y sonrió.

—Dell —dijo—, guardemos nuestros regalos de Navidad y dejémoslos ahí un tiempo. Son demasiado bonitos para usarlos ahora mismo. Vendí el reloj para conseguir el dinero de tus peinetas. Y ahora, ¿qué tal si pones las chuletas?

Los Magos, como ya saben, eran sabios —sabios maravillosos— que llevaron regalos al Niño del pesebre. Ellos inventaron el arte de hacer regalos de Navidad. Como eran sabios, sus regalos serían sin duda sabios también, quizá con derecho a cambio por si alguno venía repetido. Y aquí les he contado, torpemente, la crónica sin incidentes de dos chiquillos insensatos que vivían en un apartamento y que, con muy poca sabiduría, sacrificaron el uno por el otro los mayores tesoros de su casa. Pero, como última palabra para los sabios de hoy, digamos que, de todos los que hacen regalos, estos dos fueron los más sabios. De todos los que hacen y reciben regalos, los que son como ellos son los más sabios. En todas partes son los más sabios. Ellos son los Magos.

Sobre este cuento

Traducción de Siempre Navidad del cuento de O. Henry «The Gift of the Magi» (1905), sobre el texto de The Four Million.

En español el cuento se conoce tradicionalmente como «El regalo de los Reyes Magos»; dentro del texto se dice «los Magos», que conserva la idea de sabiduría en la que se apoya el final. Las cantidades se dejan en dólares, como en el original.