Navidad en español Cuentos de Navidad

La niña de los fósforos

La niña de los fósforos enciende una cerilla en una calle nevada y en su luz ve una estufa caliente

Hans Christian Andersen · traducción de Siempre Navidad

6 minutos de lectura A partir de 8 años

La niña muere de frío al final. Es un final sereno (sube al cielo con su abuela), pero claro, y conviene leerlo con un adulto al lado y poder hablarlo después.

Hacía un frío espantoso; nevaba y empezaba a caer la noche oscura; era, además, la última noche del año, la noche de fin de año. Con aquel frío y en aquella oscuridad iba por la calle una niña pequeña y pobre, con la cabeza descubierta y los pies descalzos. Es verdad que al salir de casa llevaba pantuflas, pero ¿de qué le habían servido? Eran unas pantuflas muy grandes, la última que las había usado era su madre, así de grandes eran, y la pequeña las perdió al cruzar la calle a toda prisa, cuando dos carruajes pasaron a una velocidad espantosa. Una de las pantuflas no hubo manera de encontrarla, y con la otra salió corriendo un muchacho; dijo que le serviría de cuna cuando él tuviera hijos.

Allí iba ahora la niña, con los piececitos descalzos, rojos y amoratados de frío. En un delantal viejo llevaba un montón de fósforos, y un manojo lo llevaba en la mano. En todo el día nadie le había comprado nada; nadie le había dado ni una monedita. Hambrienta y aterida, caminaba con un aire tan abatido, ¡pobrecita! Los copos de nieve le caían sobre el largo pelo rubio, que se le rizaba tan bonito sobre la nuca, pero en esa hermosura, desde luego, no pensaba ella. De todas las ventanas salía el brillo de las luces, y en la calle olía de maravilla a ganso asado; claro, era la noche de fin de año: en eso sí pensaba.

En un rincón entre dos casas, una de las cuales sobresalía un poco más que la otra hacia la calle, allí se sentó y se acurrucó. Había recogido las piernecitas debajo del cuerpo, pero tenía todavía más frío, y a casa no se atrevía a volver: no había vendido ni un fósforo, no había ganado ni una sola moneda, y su padre le pegaría; además, en casa también hacía frío: no tenían encima más que el tejado, y por él se colaba silbando el viento, aunque habían tapado las rendijas más grandes con paja y trapos. Sus manitas estaban casi muertas de frío. ¡Ay, un fosforito le haría tanto bien! Si se atreviera a sacar uno del manojo, a frotarlo contra la pared y a calentarse los dedos… Sacó uno y, ¡ritch!, ¡cómo chisporroteó, cómo ardió! Era una llama cálida y clara, como una velita, cuando la rodeó con la mano. ¡Era una luz extraña! A la niña le pareció que estaba sentada delante de una gran estufa de hierro, con bolas y tambor de latón reluciente. ¡Qué bendición de fuego, y qué bien calentaba! Pero ¿qué era aquello? La pequeña ya estiraba los pies para calentárselos también… y entonces se apagó la llama, la estufa desapareció, y ella se quedó sentada con un cabito del fósforo quemado en la mano.

Frotó otro, que ardió y dio luz, y allí donde el resplandor caía sobre el muro, este se volvía transparente como un velo de gasa: la niña veía el interior de la sala, donde la mesa estaba puesta con un mantel de un blanco reluciente y porcelana fina, y donde humeaba, delicioso, el ganso asado, relleno de ciruelas pasas y manzanas. Y, lo que era aún más espléndido, el ganso saltó de la bandeja y echó a andar por el suelo, bamboleándose, con el tenedor y el cuchillo clavados en el lomo; vino derecho hacia la pobre niña. Entonces se apagó el fósforo, y ya no se veía más que el muro, grueso y frío.

Encendió otro. Y entonces se encontró sentada bajo el árbol de Navidad más precioso. Era todavía más grande y estaba más adornado que el que había visto a través de la puerta de cristal en casa del rico comerciante, la última Navidad. Mil velas ardían en las ramas verdes, y estampas de colores, como las que adornan las ventanas de las tiendas, la miraban desde arriba. La pequeña levantó las dos manos… y entonces se apagó el fósforo. Las muchas velas de Navidad subieron más y más alto, y vio que ahora eran las estrellas brillantes; una de ellas cayó y dejó una larga estela de fuego en el cielo.

—Ahora se está muriendo alguien —dijo la pequeña, porque su vieja abuela, la única que había sido buena con ella y que ya había muerto, le había dicho: cuando cae una estrella, un alma sube a Dios.

Frotó otro fósforo contra el muro; su luz lo iluminó todo alrededor, y en medio del resplandor estaba la vieja abuela, tan clara, tan radiante, tan dulce y bendita.

—¡Abuela! —gritó la pequeña—. ¡Ay, llévame contigo! Sé que desaparecerás cuando se apague el fósforo; desaparecerás como la estufa caliente, el delicioso ganso asado y el gran árbol de Navidad bendito —y a toda prisa frotó todos los fósforos que quedaban en el manojo, porque quería retener a la abuela; y los fósforos brillaron con tal resplandor que había más claridad que a plena luz del día. Nunca había estado la abuela tan hermosa, tan grande; tomó a la niña en brazos, y las dos volaron, entre resplandor y alegría, muy alto, muy alto; y allí no había frío, ni hambre, ni miedo: ¡estaban con Dios!

Pero en el rincón junto a la casa, en la fría hora de la mañana, estaba sentada la niña, con las mejillas rojas y una sonrisa en los labios: muerta, helada la última noche del año viejo. La mañana de Año Nuevo amaneció sobre el pequeño cadáver, sentado con sus fósforos, de los que un manojo estaba casi quemado del todo. «¡Quería calentarse!», decía la gente. Nadie sabía las cosas tan hermosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado, con su vieja abuela, en la alegría del Año Nuevo.

Sobre este cuento

Traducción de Siempre Navidad del cuento de Hans Christian Andersen «Den lille Pige med Svovlstikkerne» (1845), desde el texto danés del H.C. Andersen-Centret y Wikisource.

Título: el danés dice «La niñita de los fósforos»; Andersen no la llama vendedora. En España se conoce también como «La pequeña cerillera».